viernes, 6 de octubre de 2017

La rutina

Rutinariamente intercambiaba sus pulseras identificativas. Lo hacía por placer, el simple placer de contribuir al caos. Dicen que siempre fui así, mala. Algunos, los más ingenuos, me dicen enferma como concediéndome el beneficio de la duda.
Ahora, recuperada para vivir en sociedad, vuelvo a mis rutinas. El descuido de los incautos es la fuente de mi gozo. Un aparente resbalón en las escaleras del metro es mi desayuno preferido. Eso sí, intento compensar el daño causado ayudando a mi víctima a recomponerse tras la caída.
A la espera de algo grande, me consuelo con las pequeñas escaramuzas que vosotros atribuis al azar.

domingo, 15 de enero de 2017

Todas las veces

Me enamoras sabiendo que no es imprescindible.
La primera vez que lo hiciste bailábamos abrazados una canción de Los Smiths en tu salón.
Desde entonces, no has parado de hacerlo casi todos los días.
Y en ese "casi" reside tanta verdad como en el "todos".

Podría  gritar "Me gustas más que las aceitunas" y con ello aspirar a morder, cada día, tu diente mordido.
Aspiro a que, por una vez, sean todas las veces.
Y seguir bailando en tu salón como si nunca antes hubiera bailado.

lunes, 7 de noviembre de 2016

A veces creo que si pudiera cambiar algo entre nosotros, alteraría la distancia entre los hechos. Transformaría los años en días, los minutos en segundos, traicionando a mis recuerdos para que llegaras antes.
Quisiera poder quererte desde el origen de los tiempos.
Quisiera ser quien soy también gracias a ti.

Pero no, no es cierto.

Nada de lo sucedido ha sido en vano, ni siquiera el vacío que dejan las pérdidas.
No hay música sin silencios, no hay palabras sin espacios que las separen.
Las nadas son tan necesarias como los todos. Y hay que saber disfrutar también de las lecciones que dejan los huecos.

Cómo aprender si no a distinguir lo bueno de lo necesario, lo bello de lo útil.

Hagamos un trato.
Seamos siempre innecesarios. Seamos inútiles.
No quiero que rellenes mis huecos.
No quiero que me sirvas para nada.
No quiero quererte para mí.

De aquí en adelante solo quiero que bailes conmigo.
Nuestra música.
Sólo nuestra propia música.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Siete letras en tu nevera.

No sé qué día nos conocimos.
Pero sé que hay exactamente ciento setenta pasos desde tu lado del parque al mío.
No puedo saber si lo que sentimos será cuestión de días, meses o años.  Tampoco quisiera saberlo. Solo sé que tú sabes hacer como nadie el aquí y ahora que yo buscaba sin saberlo.
Ignoro cuántos amores has desaprovechado, cuántos te han dejado marchar. Pero reconozco el número exacto de segundos que tardas en recorrer mi espalda con tus dedos para hacerme de barro.
No necesito saber cuántas veces al día sonrío al aire al acordarme de ti, de un gesto, un olor, una palabra, mientras siga registrando sin conciencia los momentos más comunes, los que son nuestros.
No sabemos dónde ir, qué hacer, quienes seremos cuando dejemos de ser nosotros.
Pero sabemos que hay doscientos metros de tu cama a la mía.
Siete letras en tu nevera.
Siete letras en la mía.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Lástima de cartón piedra

Qué lástima tener ahora que hacerte desaparecer.
Y hacerlo yo misma. Yo sola.
Yo que te había inventado.
Ahora no estás, no eres, no somos.
Nunca fuimos.
Te creé para creerte, para saberme mejor.
Como si te necesitara.
Como si alguna vez no me hubiera sabido mejor.
Como si estuvieras a mi lado,
te vas de donde nunca has estado.
Qué lástima matarte en frío.
Matarte por poderes.
Matarte sin matarte.
Qué lástima sentir lástima
Porque no te conozco.
Porque nadie conoce a nadie
¿Por qué no te conozco?
Si aun cabrías en mi.

Lástima de cartón piedra.
Palabras que no se pronuncian.
Letras que solo mienten.
Sonidos que no merecen la pena.
Jadeos que te dejan fría.
Silencio.


lunes, 29 de agosto de 2016

De haberlo sabido

Te acercas en silencio y, sin haberte sentido, me partes en dos con un roce, en un instante, sin solución.

Quisiera meterte dentro pero eres tan grande que no me cabes. De haberlo sabido, puede que ni lo hubiera intentado. 

Hueles a sal de playa aun sin haberla pisado, hueles a mí, sabes al mar que ya no veo. 
Tienes en los ojos el derribo y la esperanza de cambio. 

De haberlo presentido te hubiera buscado antes. Sin saber que existías, que estarías para mí en la medida justa en que ambos nos construimos, nos hacemos más amigos, nos queremos más.

Sin haberlo sabido, no te habría podido querer mejor.

De haberlo querido, nada cambiaría.




lunes, 4 de julio de 2016

365 cartas a Benita. Una.

Mi querida abuela.

Trato de imaginarte a mi edad y no sé hacerlo. Tengo treinta y ocho años y a veces siento que rozo la plenitud. Soy como las frutas que están a punto de revertarse,  pero también sé que tengo todo por hacer, que aun puedo hacerme y rehacerme una y mil veces, como si nunca se acabara el tiempo de crecer, porque nunca se acaba el tiempo, solo se inician ciclos hasta el último de tus días. Descubrir eso me sosiega, me da placer, el placer de vivirme sin la sensación de perder oportunidades que no lo son. A tus treinta y ocho, abuela, te intuyo una mujer madura, aun con todo lo que tendrías que vivir.

Parece como si la vida entonces fuera otra cosa. La vida se vivía, no se miraba como un espectáculo en el que a veces actúas y otras aplaudes. Aun no tenías a mi madre. Aun no había estallado la guerra. ¿Intuirías de algún modo lo que se os venía encima? A mi me sucede que a veces tengo miedo. Te imagino haciendo tu vida ajena al desastre que acechaba, siendo feliz o intentándolo a tu modo, que no sé cual sería, y de pronto el mundo se vino abajo. Y tienes que sobrevivir. Huyes, salvas vidas, pierdes otras. Bombas, sangre, miedo, frío. Y vida, nace mi madre y gracias a ello ahora te escribo que apenas te pude conocer.

Me pregunto cuales serían tus sueños a los treinta y ocho. Y antes, a los ocho, a los veinte. Qué mujer veías en ti cuando eras una niña. ¿Te parecías a tu madre?, ¿pensarías en la madre de tu madre como pienso yo ahora en ti?
Hay tantas preguntas sin respuestas que tendré que inventármelas. Tengo mucha tendencia a la imaginación, abuela, y voy a pensar que tu también la tenías, aunque sea mentira. He decidido crearte, traerte de nuevo a la vida para que hables conmigo y me enseñes a vivir.