jueves, 10 de diciembre de 2015

Las hojas de los árboles me sonreían, cómplices, al caer al suelo
porque sabían que, en el ciclo de la vida, este otoño a mí me tocaba renacer.

Cómo decirte, entonces, que cuando caminaba a tu lado,
las aceras se reblandecían para hacerme cosquillas en los tobillos.

Y, sin embargo, ahora las aceras vuelven a ser de cemento.
Ya no sé si las hojas me sonríen porque, caídas, miran hacia el suelo.
Solo me dan su silencio.
Me traen tu ausencia.
Y nada se puede esperar de este invierno que acecha plomizo, involuntario.

Y nada sale de mis trenzas deshechas.









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