Malditas las personas que no saben luchar.
Malditos los violentos, los cobardes, malditos los que se conforman.
Señalemos a quienes cierran sus puños para golpear y no los alzan al cielo en un en un grito por la vida en la Tierra. A quienes asfixian con sus brazos, los de trabajar, los de acunar bebés, los de bailar.
Que mi maldición caiga sobre los cobardes que no desafían el orden porque ni siquiera creen que puedan hacerlo, porque no les conviene, porque se temen a sí mismos. Que el mal recaiga sobre los que no se despiertan con los gritos de socorro en las playas, en los cajeros automáticos. Que duerman para siempre su sueño narcotizado. Ojalá algún día su silencio deje de pesar más que nuestras voces.
Si no eres capaz de ver lo que yo veo, no me tomes por loca y apártate.
Si no vas a levantarte conmigo, no te permitas el lujo de juzgarme.
Malditos todos los que, con ilusión o sin ella, ponen el voto en la urna y se encierran en sus jaulas, esperando que todo cambie para ellos, pero por otros.
Malditos los delegadores y los delegados que creen que lo son por unción divina.
Malditos los sumisos, los que obedecen y más aun, aquellos que lo hacen creyéndose libres.
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