No necesito escucharte para saber que has llegado, estás aquí, te noto ya cercano a mi espalda. Me giro y ahí estas, con ese gesto tan tuyo que hace de tu sonrisa un regalo al mundo, en ella reside tu poder, ahora ya lo sé. La tomo prestada, no me pertenece.
Tú te acercas y yo me miro. Veo a la mujer en la que me he convertido, no la que quería ser para ti porque ahora me veo en tus ojos, no a través de ellos. Tu luz ya no me absorbe, me refleja, y calienta mi piel como nunca lo había hecho antes. La sangre de las yemas de mis dedos hierve cuando anticipan lo que mi cerebro les ordena. Tu cuerpo se muestra potente, sin embargo tienes ese gesto inquietante: las cejas que, arqueadas, me interrogan, los ojos que juegan a averiguar la verdad en mi deseo que cada vez se hace más poderoso, más incluso que tu propio cuerpo. Tus dedos torpes no encuentran la forma de desatar el nudo, tus dedos sabios abren la compuerta y me desbordo en torrente. Estiro los brazos como si nunca hubiera tenido brazos, sonrío a la vida que se deja hacer a mi manera y me voy.
Ahora puedo alejarme sin hacerme pequeña en tu espejo. No necesito agarrarte para sentirte junto a mi. No necesito que me agarres para sentirme tuya porque no lo soy. Será por eso que te quiero más, que me bebo el eco de tu risa aunque no la tenga cerca, aunque no escuche tus pasos para ir tras ellos.

El primero maravilloso. Que no sea el último.
ResponderEliminarEres escritora. He dicho.
ResponderEliminar