De nuevo, hacer balance.
El verano fue frío, lleno de púas y de tozudez. Menos mal que a todo verano le llega su final del verano. A veces no sé cuando es el momento de abandonar, de bajarse de un tiovivo que da vueltas a lo absurdo sin llegar a ninguna parte, entonces siempre hay una voz o una coz que te llama o te tira para salvarte. Gracias.
De la primavera ya casi ni me acuerdo. Solo de las risas compartidas con amigas que el año puso en mi camino para que crezcamos juntas. Del empeño en cambiar el mundo sin que el mundo me cambie demasiado, de la rabia por el dolor ajeno y la satisfacción de que el propio es cada vez más leve.
Sabía que este año habría de ser bueno por la forma en que empezó. Bailar en la calle con amigos, uvas, cerveza y pasodobles, no existe mejor forma de mandar al infierno lo que nos sobra. Un año que comienza así se merece el mejor de los entierros.
Ahora un señor toca villancicos en su viejo acordeón y, aunque huelen a nostalgia, yo soy feliz.
Gracias por compartir mis 37.
Os espero a todxs en mis 38.

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