Mostrando entradas con la etiqueta Feminismos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Feminismos. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de septiembre de 2014

Nuestro éxito, primeras sensaciones impresas.

Sí, lo hemos conseguido y aunque sabemos que no nos lo van a reconocer, también sabemos que ha sido nuestro éxito. La reforma de la ley del aborto que limitaba aún más la capacidad de las mujeres para decidir sobre nuestras vidas, finalmente no se va a aprobar por parte de este gobierno. La intensa campaña que los colectivos feministas han protagonizado durante más de un año ha logrado parar la ola de sangre y sufrimiento que sin duda iba a generar. 

El aborto es un derecho extraño de reivindicar, porque no es un bien en sí mismo, como puede ser la educación o la vivienda, pero es un acto de libertad humana innegable e irrenunciable. Ninguna persona, ninguna institución, ninguna idea o creencia debe estar nunca por encima de mi libre decisión sobre mi posible maternidad. Puede parecer sencillo de aceptar por quienes están a favor de la autoemancipación de las mujeres, pero no lo es tanto cuando el debate se detiene sobre lo particular y se pretende llevar a la práctica. Y no lo es en absoluto cuando se razona desde el prejuicio religioso para determinar qué cosa es la vida y lo que se pretende es seguir dominando a las mujeres por medio del control de su sexualidad y su capacidad reproductora. En la oleada patriarcal que estamos viviendo estos días, el control de la maternidad por parte de los poderes opresivos religioso-políticos se ha convertido en caballo de batalla en todo el mundo, con diferentes grados. La respuesta activa de las mujeres, en primer lugar de las feministas, tampoco ha sido igual. En el caso de este país, la lucha ha dado unos frutos agridulces de los que todas, también las mas pasotas o sus retractoras, nos beneficiaremos.



Aunque de pleno derecho salgamos a celebrarlo, una vez pasada la resaca tendremos que sentarnos a reflexionar sobre algunos aspectos. La dimensión de lo que ha estado a punto de suceder en el estado español es tan grande, que no podemos bajar la guardia. No solo porque sabemos que los enemigos de nuestra libertad no van a cejar en su empeño. Buscarán las formas para que sus coces nos alcancen y dañarnos en lo mas íntimo, para imponer sus creencias sobre lo que es o no es la vida, la persona, su dignidad. Ellos, los enemigos de la vida se hacen pasar por sus guardianes por encima de la voluntad de las que la crean y la cuidan prioritariamente. Una decisión política ha estado a punto de condenarnos a la condición de úteros objetivizados, alienados. Otra decisión, también política, nos concede una tregua, pero no deberíamos permitirnos el lujo de instalarnos en el espejismo. El hecho de que sea un éxito de la lucha feminista no evita que se trate de una cuestión de oportunidad política. No nos rasguemos las vestiduras, en esto consiste nuestro sistema democrático. Y del mismo modo que hoy celebramos, mañana podemos llorar, incluso morir, solo porque dejamos que nuestra vida quede en manos de las decisiones ajenas. 
Si los feminismos se mantienen en los márgenes de la lucha política por la conservación de los derechos adquiridos y no avanzan en un sentido verdaderamente transformador de la realidad, en clave autoemancipatoria, estamos condenadas a que en cualquier momento nos vuelvan a relegar a la clandestinidad y la muerte. La verdadera trinchera no está, nunca lo ha estado, en el parlamento. El diálogo no es con el ministro sino con las personas de la calle, con las mujeres en todos los ámbitos, para que intercambiarnos en ideas y argumentos sobre la maternidad libre y el aborto deje de ser un tabú del que solo hablan las feministas. 
El éxito real llegará no cuando se nos reconozca un derecho a (sobre)vivir, que es lo que celebramos hoy, sino cuando la posibilidad del retroceso en nuestra libertad sea inconcebible hasta para aquellos que hacen de ello una misión de vida. Solo entonces podremos respirar tranquilas y decir juntas que lo hemos conseguido. 
Aun así, saldremos a brindar porque al menos aquí y ahora hemos contenido la barbarie. Y buscaremos la forma de alentar solidariamente la lucha de tantas mujeres del mundo que ejercen su libertad bajo la amenaza de los estados y el cuchillo de los carniceros. También por ellas, celebremos y compartamos nuestro éxito.

domingo, 24 de agosto de 2014

La duda




Aun era una niña, lo recuerdo bien, cuando incorporé al miedo al silencio en la casa vacía y las sombras en la noche, el temor por algo más tangible, más cruel y también más humano y posible. Me pasé la noche en blanco a solas con la intuición de que algo podía sucederme. Ni siquiera sabía qué era ese "algo" y mucho menos cómo evitarlo, pero sí que estaba relacionado con el hecho de que yo era una niña y sería una mujer. Se acabaron los espíritus, vampiros y muertos mutantes... se había programado en mi cerebro el verdadero terror, la posibilidad de que un hombre me hiciera un daño real. Crecemos y asumimos que esa posibilidad existe, nos cuidamos de sortearla, pero no podemos vivir con miedo y menos a un mal que no está en nuestras manos evitar. Vivimos con ella, pero sin hacer una reflexión profunda acerca de su naturaleza, nos resulta demasiado doloroso y la mantenemos en el desván de nuestras preocupaciones. Por eso, cuando nos llegan informaciones de casos concretos, agresiones sexuales que le suceden a personas con las que nos podemos sentir identificadas, se disparan las alarmas de nuestra conciencia, vuelve el verdadero miedo, pero sobre todo la rabia por la ausencia de justicia, y los sentimientos de indignación se revuelven en la boca del estómago ante lo que nos resulta incomprensible. Es el momento de bucear con los instrumentos de la razón en las profundidades de ese mal milenario.

A menudo decimos ¡animales! a los violadores, nos desahogamos sin ser muy conscientes de que el abuso sexual está en las antípodas de la animalidad. La violencia humana, también la sexual, es un acto de la voluntad, no un instinto irrefrenable. Si violas es porque tú has decidido hacerlo, pensar que existe un impulso natural que coloca al agresor en el reino de las bestias es liberarle de su propia responsabilidad y además, asumir que es un fenómeno inevitable. Que se comporte como un animal, no significa que lo sea. Entonces, ¿qué es?, ¿es un enfermo mental? Supongo que entre todo el muestrario de enfermedades mentales y síndromes patológicos encontraríamos alguno adecuado para cada caso, incluso para cualquier persona, para mí misma. El aspecto individual existe, pero no es posible ignorar la cultura que lo provoca y ampara, una especie de patología social que hace posible que las peores características humanas afloren con tanta facilidad en su zarpazo maldito. 
La violación existe porque es posible, pero no se justifica por sí misma. Decir "no violar", como un mandamiento ético dirigido a todos los hombres del mundo, es tan vago y absurdo como contraproducente porque no se acompaña de la necesaria reflexión acerca de los motivos que causan y las necesarias soluciones que vayan más allá de la mera conducta. Eso es lo que me interesa, los motivos del violador, que tantas veces se ignoran como si fueran impensables solo por el hecho de que nunca, jamás, bajo ningún concepto, se puedan justificar. Qué le lleva a un hombre a utilizar la violencia sexual contra otra persona, normalmente mujer, aunque no solo, para su propia satisfacción. Se me ocurren dos tipos de respuestas, aunque sin duda habrá muchas más: el sadismo extremo, que coloca en el dolor de su víctima el núcleo duro de su placer y que, paradójicamente está cada vez más presente en el imaginario colectivo de la era de la supuesta liberación sexual. La otra, aun peor por cuanto es más reconocible en nuestra cotidianidad en toda su gradación, es la instrumentalización de otras personas para la propia satisfacción, también la sexual. Se pone así la consecución del fin por encima de cualquier medio y valor, mi ración de sexo lo justifica todo: la mentira, la manipulación, el chantaje, la amenaza y, por supuesto, el uso de la fuerza física y/o psicológica, en el caso de los abusos sexuales. El vacío empático no es monopolio de los violadores, pero sin duda parece un requisito para que estos cometan su crimen.

Todo esto se guisa en el jugo patriarcal. Mis dedos quieren escribir caprichosamente sobre el origen de este pócima venenosa con la que aliñamos nuestras relaciones, pero mi cerebro los calma, ya habrá tiempo para hacerlo, estamos en plena revolución, y precisamente por eso, no debe haber prisas. El patriarcado, decía, ese sistema se dominio de un género sobre otro, que atraviesa todas las dimensiones de la vida de las personas, muestra su peor cara en la violencia machista, de la que el abuso sexual es parte. Cada insulto, acoso, norma impuesta, sobre-explotación, roce, golpe, discriminación, asesinato, violación... a que una mujer es sometida por el hecho de serlo, forma parte de la violencia estructural de la que todos y todas somos cómplices en la medida en que no la combatimos. Suena a lo de siempre, pero es que es lo de siempre y, aunque no me gusta repetirlo, menos me gusta comprobar se sigue ignorando. Hablamos de relaciones de poder, de sometimiento a la voluntad del otro, en las cuales la violencia es el medio al que sólo se recurre cuando es necesario. Ese dominio traza el laberinto en el que se quedan encerradas tantas mujeres en sus relaciones de pareja, pero también está en la médula de todas las demás relaciones sociales, de la ideología machista que las domina.

La violación es un símbolo, es la profanación de lo que la cultura patriarcal ha considerado sagrado desde que desnaturalizó el poder de las mujeres para alzarnos a los cielos de lo divino. Es una blasfemia intolerable hasta para el propio sistema, por eso siempre la pone en tela de juicio,  siempre tiene presente la duda. El machismo erotiza la violación para justificarla, para justificarse. Lo vemos en los mitos griegos, en el arte, en las pinturas del Renacimiento, en el cine… lo vemos en el telediario, en las iglesias y en los tribunales. Allí la sombra de la duda ante la actitud de la víctima es más opaca que en ningún otro crimen porque se niegan a reconocer(se) en un monstruo que en realidad no es ajeno a lo que somos en cuanto miembros de esta civilización. Solo cuando es evidente el destrozo de la dignidad, señalamos: ¡animal!, pero necesitan el dolor manifiesto o la propia muerte de la víctima para tener la certeza de que su resistencia fue tal como para poder hablar de violación. Si no, la duda. La palabra de ella no es suficiente, puede tener ocultas intenciones. Pudo desear, provocar, “consentir”, y efectivamente pudo, pero eso no hace que la violación lo sea menos desde el momento en que dijo ¡para! No es difícil de imaginar la situación, nadie necesita que se la describa para hacerlo, pero es solo uno de tantos casos, de todas las formas en que se puede dar un abuso sexual o violación.

Ya no soy una niña y sin embargo, de vez en cuando, me asalta el miedo. Pero este ya no me paraliza, todo lo contrario, es un miedo consciente que convierto en coraje, en reflexión, en solidaridad, en capacidad creadora, en todo aquello que mis opresores desean eliminar de mí, de nosotras. Cada una de las violaciones que se producen en el mundo tiene como víctimas a todas las mujeres. Su ignorancia o justificación solo tiene como fin mantenernos en esta situación de sujeción, por eso debemos superar nuestra condición de víctimas potenciales. Debemos defendernos de esta nueva ofensiva patriarcal, levantar la cara y decirle al mundo que no, que nosotras somos mucho más que eso, que no somos templos sagrados, ni campos que arrasar en sus malditas guerras, somos personas con dignidad inviolable que cada día levantamos el mundo dando muestras de conservar lo mejor de la humanidad, aunque en ocasiones eso se haya vuelto contra nosotras mismas. Hemos sido esclavizadas, pero no somos esclavas. Cada vez que nos violan intentan hacerte creer que lo somos, pero juntas hemos sido capaces de plantar cara a esto. Por eso ladran, por eso rabian, por eso violan, porque intentan someterte, pero no lo consiguen del todo.