lunes, 6 de febrero de 2023

La resignación

Alemania gaseaba personas en su frontera húngara mientras él perdía la conciencia. El dolor es incomparable. Mi padre se muere sin que podamos hacer nada por evitarlo y miles de personas huyen de una vida de muerte sin que levantemos un dedo para ayudarles. 
Los niños nos enseñan que se puede llorar y jugar a la vez; pero hoy les hemos golpeado con nuestras porras, les hemos intoxicado con nuestros gases que hacían que sus lágrimas escocieran más que nunca. Las lágrimas que no puedo derramar por la enfermedad de mi padre brotan en los ojos de las niñas que quieren vivir en un paraíso que ya no existe. 
Y aquí no hay ira, no hay gritos, no hay rabia. Solo resignación ante un mal que no se chilla, que no revienta en la cabeza de los culpables porque no son tus lágrimas las que hoy hacen surcos.

viernes, 7 de junio de 2019

Suspendida, entre paréntesis.

Suspendida, entre paréntesis, así transcurre mi vida.
De mi sangre a tu sangre, en una maraña de venas, como cuando estabas dentro de mí, como cuando aún tenía brazos.

Brazos que ahora están inmóviles, inhabilitados para nada que no sea acunarte, alzarte, llevarte conmigo como una extensión de mí misma aunque yo ya no sea yo.

martes, 12 de febrero de 2019

Lenguas viejas

Nuestro idioma es ya una lengua muerta,
enterrémosla.
Que no sea para las liturgias,
que no le sirva a los viejos para la nostalgia.
Está muerta, hagamos otra nueva,
empezando por escuchar e imitar creando,
como cuando éramos niños,
como hará mañana tu hija.

No quiero ser una hora en tu noche,
un orgasmo seco y duro.
Prefiero ser una tarde larga
de paseo y palabras,
muchas palabras,
de las que acarician el alma y generan utopías.
Aunque para serte sincera,
preferiría no tener que elegir.

lunes, 17 de diciembre de 2018

15 de diciembre de 2015

Ahora volvía a sonreír, aunque solo lo hiciera para dentro. Todas las señales le indicaban el mismo camino. Además, él aún no la había visto bailar y todavía les quedaban risas por gastar sobre el colchón.
"Absolutos somos sólo tú y yo", se repetía  convencida de que, pasara lo que pasara, estaba satisfecha de haber querido bien y preparada para seguir haciéndolo, del mismo modo, con las mismas fuerzas y distintas razones.
Puede que fuera verdad, que en el amor hubiera más motivos para la alegría que para la tristeza, sobre todo si existen esas personas que te enseñan que es imposible perder el tiempo. No se lo decía la cara de la luna sino la voz de su conciencia.
El mundo seguía yéndose a la mierda en las costas de Grecia pero ella solo buscaba el pan para su alma.
¿Era eso la vida?
No, habría que hacerla.

martes, 16 de octubre de 2018

Ayer te vi.

Nadie que la conociera habría apostado porque aceptara ese empleo en el depósito de cadáveres. A su compañera tampoco quisieron creerla cuando empezó y solo le quedaba ya un año para jubilarse. Parecía encantada. Asun no tanto, ella era esteticista de profesión, con más vocación que experiencia, pero maquilladora titulada al fin y al cabo. Prefería las clientas vivas, por mucho que a veces no dejaran de cotorrear y que otras tantas se quejaran del resultado. Las muertas, era cierto lo que decía Emi, tenían la gran ventaja de que le dejaban a una sacar su lado más creativo cuando le apetecía y no protestaban por nada. Es verdad que si te excedes en tu vena artística, es la familia de la difunta la que se queja; pero poco, afirmaba Emilia, con una pizca de compasión sobreactuada, al fin y al cabo tampoco están para muchas tonterías. 
- Eso, ¡y que nunca vieron tan guapa a la abuela! - Asun había aprendido pronto a bromear y ambas a reírse al unísono. Las carcajadas estallaban de vez en cuando, pero eran amortiguadas por el frío de las paredes que parecía venir a recordarles que cualquier día serían ellas las perfectas maniquíes.
A pesar de todo, Asun estaba contenta. Con Emilia aprendía mucho de tonos, volúmenes y facciones. También algo de supervivencia. La primera vez que sorprendió a Emi metiendo mano en las pertenencias de un muerto, quiso salir corriendo y no ver para no saber. 
- Anda, tonta, pero qué crees, si esto lo hace todo el mundo-. Pero Emilia Sánchez Torrejón se deshizo en explicaciones para que su joven compañera entendiera, para conmoverla y evitar así que le diera por delatarla. También para consolarla y consolar al mismo tiempo a su desgastada conciencia que ya casi se había olvidado de que aquello era robar. Con las cuatro baratijas que juntaba se ahorraba el dinero de los cumpleaños. Como la clientela solía ser mayor, y ella y los suyos cada vez lo eran más, lejos de encontrar motivos para abandonar sus prácticas delictivas, le asaltaban una y otra vez las oportunidades para agasajar a las vecinas, los cuñados y hasta al pobre Jacinto. A quien nunca regaló nada de los muertos fue a ninguno de sus cinco hijos, más por superstición que por remilgos morales, ya que para nuestra Emilia, nada de malo podía haber en redistribuir la basura. 
Asun terminó por aceptar la evidencia y, aunque nunca imitó las artes de su maestra, se acostumbró a hacer la vista gorda. Nunca se llevó nada de los muertos, salvo las hojas del cuaderno de aquella chica. 

La mujer era joven, según Emilia, mayor para Asun, protagonista al fin y al cabo de una edad que por indeterminada suelen llamar mediana. Las trabajadoras del depósito nunca eran conocedoras de la causa de la muerte de la persona con la que trabajaban, pero en ocasiones, como esta, no era necesario que nadie hablara, que nadie explicara nada. El tiempo y esmero dedicado a ocultar los moratones que hablaban por sí solos, les dieron las respuestas que no habían pedido. 
- Pero, ¿quién te ha hecho esto, mi niña?- Se lamentaba una y otra vez Emi, sin dejar de trabajar, con suma delicadeza, como si no quisiera hacer daño otra vez a una carne ya muerta. Asun, sin embargo, no era capaz de alcanzar el grado de resignación suficiente para llegar al lamento, a la compasión. Ella se quedaba en el escalón de las vísceras, el de la indignación, desde donde solo se puede maldecir. 
- Pues quién va a ser, Emi, que parece que la nueva eres tú. Esto se lo ha hecho el hijo de puta de su marido, su novio, o un ex celoso....otro maldito desgraciado. 
- Habrá que ver el telediario, a ver si dicen algo.
- Habrá que matarlos a todos, eso es lo que hay que hacer.- Y volvía junto a la mujer de mediana edad sobre la que esta vez no había bromas, ni carcajadas reprimidas, ningún intento de ahuyentar a los fantasmas. 
Asun, ausente, lidiaba con el corrector de tono para tapar el rastro de la muerte con todo su empeño, como si la asesina fuera ella. Las lágrimas de impotencia eran tan inevitables como poco profesionales, así que pensó que por un cigarrito más no pasaba nada, y salió a fumar para tratar de serenarse. Al regresar, ya con los ojos secos, se fijó en que unas hojas de papel asomaban por el bolsillo de la chaqueta colgada de la difunta, y no dudó en cogerlas. Las desdobló e intrigada, empezó a leer: "Ayer te vi...."

- ¿Qué haces, monina? Vuelve al mundo de los vivos, anda, que nos van a dar las uvas.-
- Es que...- musitó Asun, sin levantar los ojos del papel.
- ¿Qué es eso? ¿No lo habrás cogido de esta pobre chica? - estaba a punto de burlarse de su compañera en venganza por todos los reproches recibidos, pero no le dio tiempo.
- Es una carta, parece....no, son como hojas de un diario, mira, una carta de esas que no se envían nunca.-
- ¿Qué? - Emilia, que no dejaba de aplicar sombra de ojos haciendo el trabajo de las dos, no entendía nada de lo que su compañera le decía.
- ¿Nunca has escrito una carta a alguien sabiendo que no se las a enviar porque en el fondo la escribes para ti misma? - 
- ¿Me tomas el pelo, no? Muchos pájaros en la cabeza tenéis ahora las jóvenes. ¡Y muy poco que hacer por lo que veo!, tienes mucho tiempo tú para perder escribiendo cartitas que no van a ningún lado. Si le tengo que decir algo a alguien, pues le llamo por teléfono, que acabo antes, digo yo. Y si no se lo quiero decir, pues calladita estoy más guapa, y si no quiere escucharme, pues me va a escuchar de todas formas, que no está una para tonterías, vamos, anda, digo yo ¿Me estás escuchando? - 
- Escucha Emilia - y se sentó en el borde de la camilla para leer despacio y con deleite a la luz del foco que blanqueaba la cara de la muerta.

Ayer te vi. Salías de una tienda de ortopedia, creo. O quizá era de audífonos, ¿qué harías tú en una tienda de audífonos? Ni por un segundo se me ocurrió llamarte para que nos saludáramos. Aproveché que el sol te deslumbraba de frente y, mientras te ponías tus gafas oscuras, las redonditas de siempre, me agazapé tras el muro de piedra de las escaleras del metro de Noviciado. Pensé que, en otro tiempo, en otra vida, habría comentado contigo que esas escaleras eran toda una reliquia de un Madrid que ya no existía, las supervivientes de piedra en un mundo de plástico y fibra de vidrio. Me lo tuve que decir a mi misma porque tú ya no existías a pesar de tenerte en frente, tan cerca como no te había tenido desde la última vez que te vi y no te tuve.
Han pasado muchos años ya. O no tantos, ya no sé.
Toqué el granito con la palma extendida de la mano. Estaba fresca a pesar del calor de la tarde de mayo que anunciaba un verano aun peor que el anterior. Tanto calor amenazaba con otra tormenta. La piedra aún conservaba la humedad de la lluvia de la mañana, la misma lluvia de aquella otra primavera que no dejó de llover.
Entonces todo parecía distinto, con más brillo aunque la lluvia fuera igual y las piedras del metro fueran las mismas. Seguramente nosotros también las subimos entonces, mojadas o resecas ya por el sol agotador de Madrid, hasta puede que nos besáramos tras este mismo muro que ahora guarda un silencio cómplice. Aunque seguramente esto también me lo esté inventando.

Ahora pienso que debería haberte saludado. Aunque solo sea para saber qué buscabas tú en una ortopedia, aunque solo sea para saber que no me has terminado de olvidar. "Siempre tan ensoñadora, ¡te morirás ridícula!". Y sola, añado yo.
Si me hubiera interpuesto ayer entre el sol y tú, te hubiera contado que hace poco que he vuelto a nacer de nuevo. Y otra vez ha sido en mayo.
Claro que tendrías que pasar demasiado tiempo en silencio para escuchar cómo en los últimos años, desde que nos perdimos la pista, yo no he vivido, no he existido, he sido la insípida sombra de la nada. Pero, es verdad, ni nosotros nos perdimos la pista ni tú aguantarías tanto tiempo en silencio para escucharme.
Podría haberte contado que desde que confirmé por enésima vez que no estabas dispuesto a caminar a mi lado, estuve dando tumbos por las mejores camas de los peores antros, descubriendo por fin que era cierto eso de que nada tienen que ver el sexo y el amor. Y tanto los distraje para que tu fantasma dejara de perseguirme, que me creí capaz de sobrevivir después de haberte enterrado.
Pero la tumba era para mí.
Qué cara habrías puesto si te llego a contar que me convertí exactamente en lo contrario de lo que había tratado de ser contigo, de ser para ti. Todo tu paternalismo habría llenado la acera para conducirnos, en una especie de alfombra voladora, a la primera cafetería que encontráramos y allí, una vez más, tu escucha sería más importante que mi voz.
Y esta escena no sería inédita sino un capítulo más de nuestro constante déjà vu en el que uno de los dos siempre sale perdiendo y ese alguien nunca eres tú. Yo te habría vuelto a dejar ganar, a pesar de saber que solías hacer trampas.

Habría sido tan fácil darte la oportunidad de salvarme. Todo volvería a encajar. Yo te cuento cómo me dejé atrapar por un desgraciado que pretende seguir haciéndome la vida imposible aun después de haberle abandonado, o tal vez porque lo he hecho. Brindamos por la vida y evitamos así dar gracias a Dios por los hijos que no me ha enviado. Los pasos están marcados, yo te explico y tú no entiendes, como si lo viera. Que no me reconoces, dices. ¿En qué no me reconoces? ¿Acaso no soy yo la misma que se hubiera bebido hasta tus palabras sobre la fría mesa de mármol que nos une y nos separa? Te parece imposible que un hombre me haya convertido en un felpudo porque te has olvidado de cómo yo era capaz de mimetizarme en tu sombra para seguir tus huellas. Como si fuera imposible que mi cuerpo se hubiera vuelto a hacer de agua.
Lo peor es que tendrías razón, por eso hice bien en no pararte ayer, a pesar de que nada hubiera sido más gratificante que ver cómo te quitabas las gafas y desnudabas tus ojos miopes para verme sin creerlo. Como aquella otra vez, aquel otro mayo, ¿te acuerdas?
En ese bar con olor a lejía y boquerones en vinagre que yo he creado para nosotros, después de brindar y acabar mano a mano vaciando el platillo de las aceitunas, puede que hubiésemos llorado. Lloraríamos, yo de suerte, de la buena y la mala. Tú de culpa y porque crees que es lo que toca y así me lo harías saber, con un discurso racional, algo aséptico, siempre justificador, que interrumpe ya para siempre el mío. Has vuelto a romper el hilo. Has reconstruido el muro que te protege de mí. Y aun así, puede que esa tarde acabáramos haciendo el amor. Mucho amor y poco sexo, que es el contexto en el que siempre nos hemos sabido manejar tú y yo. Porque entre nosotros se trataba más de saber que de sentir. Y en ese juego, el miedo a perder, te retiraba de la competición siempre antes de tiempo.

Ahora lo pienso y sí, desde luego que me quieres, o al menos me querías entonces, a tu manera que para mí nunca fue la buena.
Te diría que ya no importa, que ya da todo igual, pero mírame. Pasé página dejando una esquina del papel doblada por si se me ocurría releerte. Nunca lo hice aunque a menudo lo pensara. Tenemos la absurda manía de complicar lo real con fantasías y deseos, quimeras que arrastramos como si nos pertenecieran de forma indisoluble para no dejarnos disfrutar de las elecciones que hacemos a cada momento. O para protegernos de ellas como una luz de consciencia en las tinieblas.
Yo me propuse ignorar que algún día exististe y no fue difícil mientras lo real no me mostró su cara más vulgar.

Cuando conocí a mi carcelero ni siquiera me gustó. Al menos no más que otros tantos con quienes quise invertir las coordenadas para olvidarme de todo y disfrutar, al fin, de un cuerpo que nunca se había sabido libre, hermoso.
Lo hice y me gustó. Me gustó más hacerlo con él que él, pero para cuando quise saberlo ya se había colado por las grietas de mis rutinas hasta ser parte de ellas. Puedo ser tan lenta de reacción como rápida de pensamiento y en esta ocasión no estabas tú para preguntarme qué narices estaba haciendo. Más bien al contrario, yo parecía querer contradecir a una voz interior que aún llevaba tu timbre.

Todo el mundo parecía encantado e insospechadamente yo misma disfrutaba al complacerles con mis nuevas costumbres. Por fin había sentado la cabeza, pensaban. Por fin con un hombre normal, por fin con un hombre que no eras tú. Todos se alegraban de mi felicidad pero no más que de poder dejar de preocuparse de mí. Mi supuesta meta alcanzada era su éxito, me habían convencido para cazar a un hombre y nadie supo ver que la presa era yo. Sabía que detrás de la alegría de muchos había un regocijo oscuro, la satisfacción de saberse vencedores en las apuestas. Verme caminar de su brazo era el símbolo de una victoria en la que yo era al mismo tiempo la derrota y el trofeo.
Todo estaba en orden, por fin había entrado en razón y dejado atrás mis monsergas sobre la independencia y la deseable soledad.
El nuevo orden giraba en torno a la normalidad. Me pude relajar al no tener que elegir a cada paso. Haría mi vida junto a un hombre normal, con un trabajo normal, con una hipoteca de por vida que no le quitaba el sueño porque era lo normal. Tanta atroz normalidad no consiguió espantarme ni me alejó de las pantallas gigantes donde nos tragábamos los partidos del mundial y las series más vistas del momento. La novedad de las rutinas de otros no me alertaron de las bromas de sus amigos ni de sus comentarios sobre los míos. 
Con él estaba conociendo un mundo del que siempre había estado al margen. Íbamos al cine, procurábamos no hacer colas, nos rodeábamos de parejas que parecían clonadas entre sí cuyas vidas no nos importaban en absoluto. Reíamos y follábamos a partes iguales hasta que dejó de hacerme reír y para compensar solo quería hacerme el amor. Como si el amor se hiciera solo por el hecho de compartir una cama.
No me di cuenta de la situación, y ahora me llamo tonta por ello tantas veces al día como acabó llamándomelo él a mí durante los últimos tiempos del infierno.

Lo que nadie sabía es que en el mejor momento de mi vida yo dejé de pensar, y me gustó. Ya lo hacían los demás por mí, especialmente él.  Me resultó cómodo, nadar a favor de corriente tenía sus ventajas. Me mudé a su piso en Canillejas con la excusa de que me quitaba cuatro estaciones y un trasbordo hasta el trabajo. Me negué a vender el mío, a pesar de que él insistía de forma obsesiva en que lo hiciera, o quizá fuera precisamente por eso, por su forma de insistir por lo que no lo hice. Menos mal, si no ahora hubiera tenido que pedir asilo en casa de alguna de las pocas amigas que aún conservo. Las otras, las menos resistentes, se cansaron de insistir. No las juzgo, ellas tienen su vida y no tuvieron la intuición para ver en qué estaba convirtiendo yo la mía. Puede que incluso alguna esté recorriendo mis pasos y yo ni siquiera lo sepa. Nada llamaba la atención, nada nunca llama la atención a quien no quiere ver más allá del cuento de amor. Yo estaba tan enamorada, debían pensar, que me centraba en mi relación como ellas habían hecho en su momento en la suya, y no tenía tiempo para nada. Es lo normal. La vieja y maldita historia de siempre. Y todo era verdad menos el amor.

Lo cierto es que yo estaba agotada de tomar decisiones que, al menos entonces, pensé que siempre habían sido erróneas porque siempre me habían conducido a ti. Y tú ya no eras, ya no podías existir. Te había matado y debía sobrevivirte como fuera. Y fue de la peor manera. Con una nueva forma caminar en la que yo me dejaba llevar. Me dejé crecer el pelo, más por dejadez que por elección estética. Me teñí las canas sólo para dejar de escuchar lo mal que me sentaban, lo mucho que me avejentaban, lo guapa que estaría si me arreglara. Me convencí de que realmente algo estaba estropeado en mí. Adelgacé los cinco kilos que lejos de sobrarme me faltaban y dejé de ser inoportuna.

Puede que mi último pensamiento original fuera el de la rendición. Para sobrevivir a esta metamorfosis, a este nivel de desengaño, tuve que dejar de sentir. La mujer que vivía en mi cuerpo ya no miraba la celosía que pintaba el sol en el césped al filtrarse entre las hojas de los árboles. Los niños, arrastrados lentamente por sus abuelas, habían dejado de devolverme la sonrisa cuando se cruzaban conmigo en el parque. Incluso había dejado de ir al parque a leer. Había dejado de leer. La mujer que portaba mi cuerpo me guardó muy dentro de sí para tratar de ocultarme a la persona me estaba convirtiendo. Y mientras no supe, no vi, no sentí, todo fue bien.

Como todos los novios planeábamos un futuro y nos inventábamos un pasado. A sus preguntas le atribuí desde le principio una intención inquisitoria, por eso, aunque nos habíamos conocido follando nunca le di detalles de lo lejos que había volado mi espíritu en otra vida, antes de que juntos empezáramos a fabricar esta otra de cartón piedra. En el fondo era digno de compasión, todos sus intentos por calarme hasta los huesos fueron en vano. Y él no podía conformarse con arrastrar el cuerpo de su presa, quería poseer a la mujer que yo fui un día y ya no se encontraba en el espejo cuando se miraba. Quería encontrarla solo para darse el gusto de destruirla, pero no le dejé.

Rastreaba fotos, libros y recuerdos en busca de pistas sobre quién era yo realmente cuando fui sin él, provocaba chispas que pudieran encender la luz que enseguida se encargaba de apagar para hundirme más a base de sarcasmo y humillación. Si hubiera encontrado mis diarios me hubiera molido a palos mucho antes de lo que lo hizo y todo habría sido más fácil.
El golpe no llegó por sorpresa. Siguió el guión de un manual que yo conocía a la perfección; pero predecir el siguiente paso no siempre es suficiente para evitarlo.

El tiempo, los meses, los años, inalterables, llegaban y se iban para que nada retuviera yo ya en mis manos. Era una autómata, un prototipo de animal de compañía al que hay que alimentar por dentro y decorar por fuera para que nadie note que en realidad es una muerta, un cuerpo inane que casi no sirve ni para acompañar. Yo que me había comido el mundo me abandoné a la idea de sobrevivir con poca agua. Era un cactus. La terapeuta me sentenció depresión y al agua le añadió unos componentes químicos que me ayudarían a dormir por las noches y despertar por las mañanas. Pero el mal no se iba y el coro que acompañaba mis dramas se empeñó en que lo que yo realmente necesitaba era ser madre. Un hijo llenaría mi vida y le aportaría un sentido más elevado que yo y mi egoísmo. ¡Panda de descerebrados!, menos mal que mi desidia no me impidió llevar las cuentas de mi naturaleza y el azar estuvo de mi lado para evitar el milagro. Él, por supuesto, parecía encantado en su nuevo papel o quizá disimulara tan bien como yo. Supongo que hacerme madre era una forma de atarme, aunque también de perderme en parte y eso, en el fondo le atormentaba tanto como no conseguirlo. Me culpaba a mí de nuestro fracaso y yo, callada, asentía, por que por una vez tenía razón. Yo no ponía empeño, decía. Para que su esfuerzo diera frutos yo debía al menos tratar de disfrutar. Y aprender a hacer las cuentas, a conocer mi cuerpo, a satisfacer a un hombre, pero ni para eso valía según él. Definitivamente era una inútil y menos mal que había dado con él, porque no todos los tíos iban a tener tanta paciencia como para aguantarme. Yo ya había dejado de llorar. 
Pero ¿realmente llegué a creerme sus palabras en algún momento? No puedo decir que en los momentos de desamparo no buscara su consuelo. Él, la persona que aprendió lentamente a torturarme con sus desprecios era la única que tenía la llave para sacarme del agujero al que me dejaba caer con mi desidia. 

Se llamaba Guillermo, creo que aun no te lo había dicho. Me duele hasta ver escrito su nombre. Es un dolor interno, sordo, que se me ha instalado en la boca del estómago, donde reside el alma y la vergüenza. Ahora estoy aprendiendo a perdonarme, a no sentirme culpable por haberme dejado someter. Los mismos que entonces celebraban mi huida hacia adelante de la mano de Guillermo, hoy me preguntan qué pude ver en él. Algunos, los más repugnantes, quieren saber incluso porqué lo aguanté. Como si yo hubiera aguantado algo, como si yo no me hubiera limitado a hacer exactamente aquello que se esperaba de mí, la gran actriz en una comedia escrita por ellos y que finalmente acabaron en drama. 
Mi pareja se esforzaba en ser un buen verdugo. En el fondo quería ser un virtuoso, se negaba a ser el mediocre que todos veíamos en él y nunca se conformó, como otros, con arrastrar a su lado, presumiendo, el cuerpo de su víctima. Eso hubiera sido demasiado vulgar. Guillermo quería poseer a la mujer que yo podía ser y ya no era, la que él mismo había hecho desaparecer y ya no aparecía en el espejo debajo del maquillaje que durante un tiempo solo tapó arrugas y ojeras.

El día que me fui a trabajar en zapatillas de casa tomé conciencia de mi estado. -¿Qué culpa tiene él de tus despistes, mujer?- me quiso confundir la inútil de mi terapeuta. La noche anterior, le conté, habíamos hecho el amor de forma salvaje.... Al terminar, en lugar de instalar el muro entre los dos, estuvimos un buen rato hablando. Yo me atrevía a decirle que sentía cómo la vida se me iba entre las manos y él me prometió que haría lo que hiciera falta para que no me fuera de su lado, que no podía soportar la idea de perderme. Esta bonita recreación fue la versión oficial que oculta el hecho de que aquella noche Guillermo me violó. No fue la primera vez, pero sí la más evidente, la más violenta. Cuando por fin terminó yo esperaba que cayera muerto de sueño, ya que no de asco de sí mismo. Sin embargo, prefirió seguir torturándome, no había tenido bastante. Burlarse de mí, de mi llanto, de mi forma de suplicarle que parara, era una forma de continuar sin esfuerzo. Era su poder y sabía ejercerlo con gusto. Aquella noche traspasamos todos los límites, él los de la humanidad, yo los de la dignidad por no salir corriendo de allí.
Al día siguiente me fue a la oficina en zapatillas rotas. Me ocurría a menudo que sentía que todos los ojos se posaban en mí. Había desarrollado una especie de manía persecutoria y me estaba casi acostumbrando a que los ojos de la gente fueran de mis pies a mi cara con esa mueca burlona que algo en mí provocaba. Eran ojos censores que cuestionaban mi pelo, mi falda y hasta mi forma de andar. Cuando aquella mañana en el metro, de la mueca pasaron a las risas a medio disimular, no me sentí peor que cualquier otro día. Traté de superarlo leyendo los mensajes de perdón que Guillermo me había estado enviando desde que salí de casa. Tan fuera estaba de mí, que por un momento llegué a pensar que era verdad, que yo con mi actitud le había dado pié a que viviera su propia fantasía. Incluso me daba las gracias por mi tremenda actuación, reconociendo, eso sí, que a lo mejor se le había ido un poco de las manos, que la próxima vez sería más cuidadoso. ¿Qué debía pensar yo? No pensar, mejor no pensar, no meter la pata, no empeorar las cosas, dejar que pase el tiempo, el tiempo que todo lo cura, que todo se lo lleva, todo volverá a encajar, todo irá mejor....
- ¡Adela!¡Adela!- Toni, el compañero con el que solía coincidir en el metro, me sacó a gritos de mi laberinto interior. -¿Qué te pasa, mujer?, no sabía si ibas llorando, dormida, hablando sola. No sé, tía, tú no estás bien- y sin atisbo de burla, me señaló los pies. 
Tres de los cuatro ojos supervivientes del oso panda que decoraba mis viejas zapatillas se rieron de mí desde el suelo y me hicieron ver que había tocado fondo. 

El dedo pulgar del pie izquierdo amenazaba con escaparse y yo me acordé de ti. Entonces sí, se abrieron las compuertas y desde ese momento no pude parar de llorar. Hice caso a Toni y llamé al trabajo fingiendo gastroenteritis. Desde casa llamé a Guillermo para contarle el incidente pero no me contestó. Lo hacía a menudo, guardar silencio en los momentos importantes, para aumentar mi desasosiego. Yo no necesitaba más que una palabra de consuelo que cerrara el grifo de mis lágrimas, pero no debió encontrar un minuto para devolverme la llamada. Y así hacía crecer una vez más su poder. 
No comí, me acosté no sin antes pedir cita para la psicóloga y, mientras sentía el efecto del orfidal pensé que tendría que bajar al trastero a por la maleta. Me desperté ya de noche, él no estaba, pero sí su mensaje en el móvil: una palabra,"Ridícula" y diez osos pandas. 
El médico me dio unos días de descanso pero yo no pensaba volver al trabajo. Toni y unas compañeras a las que ya daba por perdidas vieron lo que yo no era capaz de ver. Bajaron a por la maleta, desecharon lo prescindible y pusieron en marcha un plan de fuga infalible. Pero yo les fallé.
Aquella noche, dos semanas después de la violación y las zapatillas en el metro, yo iba a dejar a Guillermo. La compañera de Toni, me esperaba abajo, con la puerta del maletero abierta y el corazón en un puño. Nada iba a salir mal, nada podía salir mal, habíamos contemplado todos los imprevistos. Todos, menos las lágrimas de Guillermo. 
Le esperé con el cenicero lleno y la maleta pegada a las piernas. En dos semanas habíamos perdido la capacidad de mirarnos a los ojos y yo no estaba preparada para su reacción. Miró la maleta, con esa rara capacidad que tiene de perdonar con la mirada mientras exige ser perdonado, y no necesitó que hablara para comprender. Aún así hablé y en lo que tardé en pronunciar un - No puedo más, me voy-, por sus ojos pasó la sorpresa, la humillación, el enfado y la ira, pero todo ese espectáculo quedó oculto tras el telón de las lágrimas. Y me lo creí. Nunca le había visto llorar, al menos no suplicar y humillarse de esa manera. Quiso fingir que me daba el poder pero en realidad lo único que me dio fue pena, mucha pena, tanta como para llamar a Rosa, la mujer de Toni y pedirle que se fuera porque me había precipitado y nos íbamos a dar otra oportunidad. 
Todos sabíamos que era mentira, que no había ninguna precipitación. Lo sabía Rosa, que trató de justificarme ante la impotencia de su chico que quería subir a sacarme por la fuerza de la casa. Lo sabía Guillermo, que aunque tratara de mantener la farsa durante un tiempo, no resultó mucho mejor actor que pareja. Y lo supe yo desde el primer momento en que claudiqué, mientras sacaba lo imprescindible de la maleta y desoía una voz lejana, de acento también lejano, que me decía no, que lo único imprescindible era que me marchara de allí. 

Supongo que no llegó a un mes el tiempo que tardé en rehacer la maleta que había guardado debajo de la cama. Esta vez la tuve que hacer yo sola. Me costó agacharme porque ya tenía las costillas doloridas. Estoy segura de que si Guillermo hubiera encontrado este diario, si hubiera sabido lo que en realidad yo era por dentro, a pesar de mi apatía y mi docilidad, me habría matado. Entonces lo intuía, ahora lo sé.
El día que salí huyendo no pude recoger todas mis cosas. Nada me importa, en realidad quiero que lo tire todo y se olvide de mí de una vez. No quisiera existir para él ni siquiera en su recuerdo. Sin embargo él se empeña en aferrarse a esos objetos sucios, contaminados de él para mantener un hilo que nos una. Un hilo invisible con el que me asfixia, con el que me sigue atando. En varias ocasiones ha enviado a su hermana para, amablemente, traerme cosas que él cree que yo necesito y que acaban sistemáticamente en la basura, junto con sus retorcidos e inverosímiles mensajes de arrepentimiento y perdón. Parece no conocer los límites de la dignidad y ha llegado incluso a chantajearme. Asegura que si no hablo con él, se mata. Yo por mi parte, si no le siguiera teniendo miedo, le diría que no me diera falsas esperanzas. Al menos ya no amenaza con matarme a mí. Es un chiste, macabro, pero un chiste, como casi todo lo que me pasa últimamente, como encontrarte ayer en la calle San Bernardo. Una broma pesada, no de mal gusto aunque sí pesada que viene a revolverme en el momento más inoportuno.

Yo no sabía hasta qué punto estaba protagonizando una de esas historias que les pasan a otras mujeres, en otros barrios. Otras, las que no saben de la vida, las que no se quieren, las que no se defienden. Ahora que sé que yo soy una de esas otras y sé como acaba el cuento demasiadas veces, no pienso seguir viviendo con miedo. Eso lo sabe una parte de mí, la fuerte, la que te escribe esta carta porque sabe que no la vas a leer, porque no va a acabar en un buzón, porque ni es una carta ni la va a leer nadie. La otra parte prefiere pensar que no es para tanto, y en vez de contar todo lo que acabo de escribir en este feo diario le digo a la gente que no, que Guillermo no es como esos monstruos, que cuando hizo lo que hizo fue porque se vio superado, no supo reaccionar porque todos sabemos que es muy impulsivo, nunca le han enseñado a canalizar sus sentimientos y miles de excusas absurdas más. Todo antes de reconocer que me equivoqué y me dejé dominar. Me tienta creerme mis propias mentiras.
Prefiero no pensar.
Desde que ayer te vi soy otra persona, tu sola imagen me ha hecho recordar que yo era quien podía con todo, que un día opté por gobernar mi vida y liberarme de toda imposición. Qué lejos queda ya esa otra vida, la buena, la de verdad. Recuperar esa luz me ha hecho escribirte esta carta al vacío, a un espejismo de ti y me ha servido para liberar mis fantasmas. Soy fuerte y además lo sé.
Todo este proceso me ha dado fuerza para aceptar que venga hoy la hermana de Guillermo a devolverme mis libros. Echo de menos la mitad de ellos. 
Me siento tan firme y confiada que me he olvidado de pedir ayuda. Siempre lo hago, siempre que ha venido Estefanía a traerme algún paquete, alguien viene a acompañarme para que el energúmeno de su hermano sepa que no estoy sola. A veces es Toni, pero la mayoría de las veces es Rosa, que se ha convertido en mi tabla de salvación. Lo cierto es que desde que ayer te vi he tenido la cabeza tan llena de espuma que no he caído en ello. Ahora que lo pienso, esta vez Estefanía no me ha venido con la absurda pregunta de si puede acompañarla su hermano. Lo hace siempre aun sabiendo de antemano que la respuesta será negativa. No entiendo a esa mujer, ella sabe cómo es Guillermo, sabe lo que me hizo y yo sé que lo siente de verdad; y aun así colabora con él, es su cómplice.
Espero que no se le ocurra presentarse aquí. No tengo ni idea de qué Guillermo entraría en escena. - Te vas a morir ridícula...- siempre esa maldita frase que me viene a la cabeza con su imagen. Pero el único que haría el ridículo hoy aquí sería él. En parte me gustaría poder decirle todas estas cosas que solo contigo en mente están brotando de mi pluma. Es como si hubieran estado escondidas en un pozo que de pronto se ha abierto y ahora pugnan por salir a la luz. "Payaso, nunca te he querido", podría escupirle a la cara. Y después describirle la realidad que él no sabe que he vivido, decirle que solo narcotizada era capaz de dormir a su lado. Que me hubiera matado antes que tener un hijo suyo, que mientras estaba con él no era yo, que tuve que guardarme para que no me intoxicara con su grotesca forma de entender la vida. Echo espuma por la boca y devoro cigarrillos mientras escribo esto y revivo tanto dolor inútil. El miedo se transforma en odio y casi deseo que venga, le mataría con mis propias manos como él hizo conmigo con sus gestos durante años. Si supiera todo lo que yo sé sobre su cerebro y su forma dañina de funcionar. Si supiera lo que he escrito aquí, esta vez sí acababa con todo, no soportaría la humillación, sobre todo saber que es a ti a quien me dirijo. 
Llaman, sube Estefanía. 
Escondo el diario. 
No me fío.



viernes, 15 de junio de 2018

Niña de agua


13 de mayo de 2018
Carta a una niña inexistente.

Querida hija, perdóname por no saber hacerte.
Por no haber encontrado el momento cuando tenía el tiempo.
Cuando creía que tú podrías esperar.
Esperar a que yo misma terminara de hacerme.

Hoy en mi mañana de sangre y resaca quisiera tener las plantas de tus pies trepando por mi barriga y solo tengo el hueco que no habitas.
No existes y aun te llamo querida mía, niña de agua que no viene, que desvanece y no se me hace.

Otra luna infructuosa. Otro plazo cerrado, oportunidad perdida. Un óvulo muerto que se precipita al vacío sin traerme noticias de ti.
Pienso en tu carne que no desgarrará mi carne y de esta forma te creo y te recreo, que es otra forma de llevarte dentro, en mi sinrazón.

He tardado cuarenta años en encontrar al hombre que he elegido para ser tu padre. Con su ADN fabricaría tu sangre, moldearía tus orejas y juntos te empujaríamos para que arrancaras a volar. Solo con él te he soñado. Sola con él viviré.
 
¿He de vivir como si no existieras en mí? Cómo hacerlo si estas aquí iluminando el resto de mis días, los que no son de posibilidad. Echo las cuentas conmigo misma y en ocasiones me hago trampas para creer que aún cabes en este tiempo de descuento.

Tu risita inexistente me hace cosquillas solo porque yo quiero escucharla, y creo hacerlo, por dentro, como una reverberación íntima, impostora, que debo destruir para no caer en la obsesión. 

Si no vas a venir, hija mía, permíteme por favor el consuelo de conservar la cordura. No permitas que me resigne a un no-ser, con lo que ya soy, con lo que aun tengo por ser, por hacer, aunque no seas tú.

Tu madre.

 

jueves, 8 de marzo de 2018

Manifiesto para un 9 de marzo

Nosotras, las mujeres, las estudiantes y las maestras, las administrativas, limpiadoras, auxiliares de vuelo, desempleadas, directivas....las madres, las abuelas, las tías y sus sobrinas, mujeres de toda procedencia y condición, nos unimos al paro mundial del día 8 de marzo. 

Una vez más tratamos de poner de manifiesto una realidad de la que no siempre hemos sido conscientes, para empezar desde este momento a transformarla. 
Todas nosotras, en cuanto que mujeres somos objeto de uso colectivo, históricamente maltratado, explotado y oprimido. El patriarcado ha hecho uso, a través de nuestro cuerpo, de las mejores capacidades humanas y las ha puesto a su servicio. 

Nosotras, las mujeres, a lo largo de la historia hemos cuidado, hemos abrigado, hemos tejido redes de solidaridad donde solo había muerte y desamparo, siendo las principales, aunque no las únicas víctimas de los sistemas de dominio político, económico y social. Aun así, podemos decir con orgullo que en gran parte nuestras antecesoras han garantizado la supervivencia de la especie.Pero ¿a qué precio?, ¿a cambio de qué? A cambio de la imposición de esas mejores características como castigo en un régimen de semiesclavitud.

Por eso nos proponemos subvertir el orden, empezando por poner en valor lo que llevamos haciendo milenios de forma silenciada y sumisa, para que la organización de los cuidados sea otra, nueva, creada para nuestras necesidades humanas y no diseñada para el privilegio ajeno.

Las leyes del sistema, las leyes de los hombres (incluso aunque sean hechas por mujeres) no nos sirven ya. Esas leyes, aun las más bienintencionadas, nos mantienen en una minoría de edad intolerable. Las leyes de los parlamentos no están impidiendo el mandato de género. Sus leyes no evitan que seamos tratadas como objetos sexuales o máquinas reproductoras. 
Somos nosotras, las mujeres que hemos decidido parar estar deriva quienes vamos a cambiar este sistema que aniquila nuestras potencialidades. Nosotras hemos decidido dejar de ser objeto para convertirnos en sujeto. Un sujeto que necesariamente ha de ser revolucionario y que no solo hoy, sino a partir de hoy, nos convierte en las guías de nuestra propia existencia. 
Este 8 de marzo las mujeres de todo el mundo, huelguistas y no huelguistas, vamos a dar un paso más en la historia del movimiento feminista, un paso más en nuestra emancipación. 
Por primera vez esta preciosa cita de hermanamiento de mujeres deja de ser un grito para pasar a la acción, sumándonos a la iniciativas pioneras que las hermanas americanas realizaron el año pasado. 
Porque no sólo nos queremos vivas, nos queremos libres, y ejercemos nuestra libertad en un espacio de protagonismo, para poner en valor cuanto somos en un acto de empoderamiento colectivo.

Creemos que las palabras para describir la actual situación están casi todas dichas. No es necesario ya seguir justificando nuestro movimiento. Los motivos para la acción son claros y conocidos por todas las personas que eligen no permanecer ciegas ante la evidencia. Y ésta no debe ser demostrada, al menos nosotras no deberíamos estar dispuestas a seguir despilfarrando en ello nuestras energías. Valorar nuestro tiempo y esfuerzo es también una forma de empezar a asumir nuestro espacio y poder. Llevamos casi doscientos años explicando cómo se reproduce socialmente la desigualdad y el sistema sigue reinventándose a cada paso de una forma cada vez más perversa e ineficaz.

Es el momento de utilizar nuestro poder sin miedo. Es el momento de la revolución. Nosotras que estamos viviendo una cuarta ola de feminismo somos libres de elegir: nos quedamos observando con mirada escéptica esperando recoger los frutos de lo que otras siembren, o nos subimos a la ola y asumimos la responsabilidad de ser libres y crear otra forma de relacionarnos.
Ha pasado ya el tiempo de las palabras sutiles, contemporizadoras para despertar sensibilidades y remover conciencias. Quien a día de hoy no haya alcanzado ese nivel, difícilmente lo va a hacer ya, teniendo a su disposición los datos de esta guerra contra las mujeres que se libra cada día en todo el mundo.
No perdamos más el tiempo, la nueva pedagogía está en la propaganda por el hecho, en la acción al margen del sistema. No nos interesan sus leyes, vamos a crear las nuestras y por ellas nos vamos a regir, le pese a quien le pese.
Nosotras, las mujeres, hartas de esperar el resultado de nuestras reivindicaciones, de no obtener más que las migajas y mofas, iniciamos un camino de no retorno. Hemos tomado conciencia de que el privilegio jamás caerá con las herramientas del sistema que lo concede y, desde hace tiempo, hemos iniciado el camino de la auto-organización. El 8 de marzo no es la meta, sino el punto de partida para el inicio de una nueva ruta, la nuestra, con miles de dificultades y controversias, pero nuestra.

El éxito de la jornada no se mide con los criterios tradicionales de una huelga laboral. La propia convocatoria de huelga es ya un éxito. El éxito de hoy son las miles mujeres que por primera vez se agrupan en torno al feminismo, los cientos de asambleas, consejos y piquetes que están ahora mismo bajo la lluvia haciendo suyo el espacio público vetado por siglos. El éxito se mide en los millones de conversaciones en los hogares sobre la impertinencia de esta huelga por los problemas que causa en la organización de lo cotidiano. El éxito estará en las grandes manifestaciones. En las jóvenes que sabiamente se radicalizan y hermanan haciendo suya la idea de que si tocan a una, nos tocan a todas. 
El éxito puedes ser tú, que lees pacientemente esto porque le das la importancia que tiene una pequeña reflexión sobre el feminismo.

El verdadero éxito de esta jornada reside en que nos permitirá mirarnos con otros ojos el día 9, cuando las redes de hermandad feminista creadas al albor de la huelga, abriguen las esperanzas de tantas mujeres que han decidido por fin buscar una nueva y mejor forma de vivir.




viernes, 6 de octubre de 2017

La rutina

Rutinariamente intercambiaba sus pulseras identificativas. Lo hacía por placer, el simple placer de contribuir al caos. Dicen que siempre fui así, mala. Algunos, los más ingenuos, me dicen enferma como concediéndome el beneficio de la duda.
Ahora, recuperada para vivir en sociedad, vuelvo a mis rutinas. El descuido de los incautos es la fuente de mi gozo. Un aparente resbalón en las escaleras del metro es mi desayuno preferido. Eso sí, intento compensar el daño causado ayudando a mi víctima a recomponerse tras la caída.
A la espera de algo grande, me consuelo con las pequeñas escaramuzas que vosotros atribuis al azar.

domingo, 15 de enero de 2017

Todas las veces

Me enamoras sabiendo que no es imprescindible.
La primera vez que lo hiciste bailábamos abrazados una canción de Los Smiths en tu salón.
Desde entonces, no has parado de hacerlo casi todos los días.
Y en ese "casi" reside tanta verdad como en el "todos".

Podría  gritar "Me gustas más que las aceitunas" y con ello aspirar a morder, cada día, tu diente mordido.
Aspiro a que, por una vez, sean todas las veces.
Y seguir bailando en tu salón como si nunca antes hubiera bailado.

lunes, 7 de noviembre de 2016

A veces creo que si pudiera cambiar algo entre nosotros, alteraría la distancia entre los hechos. Transformaría los años en días, los minutos en segundos, traicionando a mis recuerdos para que llegaras antes.
Quisiera poder quererte desde el origen de los tiempos.
Quisiera ser quien soy también gracias a ti.

Pero no, no es cierto.

Nada de lo sucedido ha sido en vano, ni siquiera el vacío que dejan las pérdidas.
No hay música sin silencios, no hay palabras sin espacios que las separen.
Las nadas son tan necesarias como los todos. Y hay que saber disfrutar también de las lecciones que dejan los huecos.

Cómo aprender si no a distinguir lo bueno de lo necesario, lo bello de lo útil.

Hagamos un trato.
Seamos siempre innecesarios. Seamos inútiles.
No quiero que rellenes mis huecos.
No quiero que me sirvas para nada.
No quiero quererte para mí.

De aquí en adelante solo quiero que bailes conmigo.
Nuestra música.
Sólo nuestra propia música.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Siete letras en tu nevera.

No sé qué día nos conocimos.
Pero sé que hay exactamente ciento setenta pasos desde tu lado del parque al mío.
No puedo saber si lo que sentimos será cuestión de días, meses o años.  Tampoco quisiera saberlo. Solo sé que tú sabes hacer como nadie el aquí y ahora que yo buscaba sin saberlo.
Ignoro cuántos amores has desaprovechado, cuántos te han dejado marchar. Pero reconozco el número exacto de segundos que tardas en recorrer mi espalda con tus dedos para hacerme de barro.
No necesito saber cuántas veces al día sonrío al aire al acordarme de ti, de un gesto, un olor, una palabra, mientras siga registrando sin conciencia los momentos más comunes, los que son nuestros.
No sabemos dónde ir, qué hacer, quienes seremos cuando dejemos de ser nosotros.
Pero sabemos que hay doscientos metros de tu cama a la mía.
Siete letras en tu nevera.
Siete letras en la mía.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Lástima de cartón piedra

Qué lástima tener ahora que hacerte desaparecer.
Y hacerlo yo misma. Yo sola.
Yo que te había inventado.
Ahora no estás, no eres, no somos.
Nunca fuimos.
Te creé para creerte, para saberme mejor.
Como si te necesitara.
Como si alguna vez no me hubiera sabido mejor.
Como si estuvieras a mi lado,
te vas de donde nunca has estado.
Qué lástima matarte en frío.
Matarte por poderes.
Matarte sin matarte.
Qué lástima sentir lástima
Porque no te conozco.
Porque nadie conoce a nadie
¿Por qué no te conozco?
Si aun cabrías en mi.

Lástima de cartón piedra.
Palabras que no se pronuncian.
Letras que solo mienten.
Sonidos que no merecen la pena.
Jadeos que te dejan fría.
Silencio.


lunes, 29 de agosto de 2016

De haberlo sabido

Te acercas en silencio y, sin haberte sentido, me partes en dos con un roce, en un instante, sin solución.

Quisiera meterte dentro pero eres tan grande que no me cabes. De haberlo sabido, puede que ni lo hubiera intentado. 

Hueles a sal de playa aun sin haberla pisado, hueles a mí, sabes al mar que ya no veo. 
Tienes en los ojos el derribo y la esperanza de cambio. 

De haberlo presentido te hubiera buscado antes. Sin saber que existías, que estarías para mí en la medida justa en que ambos nos construimos, nos hacemos más amigos, nos queremos más.

Sin haberlo sabido, no te habría podido querer mejor.

De haberlo querido, nada cambiaría.




lunes, 4 de julio de 2016

365 cartas a Benita. Una.

Mi querida abuela.

Trato de imaginarte a mi edad y no sé hacerlo. Tengo treinta y ocho años y a veces siento que rozo la plenitud. Soy como las frutas que están a punto de revertarse,  pero también sé que tengo todo por hacer, que aun puedo hacerme y rehacerme una y mil veces, como si nunca se acabara el tiempo de crecer, porque nunca se acaba el tiempo, solo se inician ciclos hasta el último de tus días. Descubrir eso me sosiega, me da placer, el placer de vivirme sin la sensación de perder oportunidades que no lo son. A tus treinta y ocho, abuela, te intuyo una mujer madura, aun con todo lo que tendrías que vivir.

Parece como si la vida entonces fuera otra cosa. La vida se vivía, no se miraba como un espectáculo en el que a veces actúas y otras aplaudes. Aun no tenías a mi madre. Aun no había estallado la guerra. ¿Intuirías de algún modo lo que se os venía encima? A mi me sucede que a veces tengo miedo. Te imagino haciendo tu vida ajena al desastre que acechaba, siendo feliz o intentándolo a tu modo, que no sé cual sería, y de pronto el mundo se vino abajo. Y tienes que sobrevivir. Huyes, salvas vidas, pierdes otras. Bombas, sangre, miedo, frío. Y vida, nace mi madre y gracias a ello ahora te escribo que apenas te pude conocer.

Me pregunto cuales serían tus sueños a los treinta y ocho. Y antes, a los ocho, a los veinte. Qué mujer veías en ti cuando eras una niña. ¿Te parecías a tu madre?, ¿pensarías en la madre de tu madre como pienso yo ahora en ti?
Hay tantas preguntas sin respuestas que tendré que inventármelas. Tengo mucha tendencia a la imaginación, abuela, y voy a pensar que tu también la tenías, aunque sea mentira. He decidido crearte, traerte de nuevo a la vida para que hables conmigo y me enseñes a vivir.

lunes, 20 de junio de 2016

Oaxaca

20 de junio de 2016
Me despierto y creo que aun sigo soñando. Si no es una pesadilla, quisiera por favor seguir durmiendo para no ver lo que veo, para no saber. De nuevo la sangre, de nuevo la mentira, otra vez el Estado asesina a sus maestros. México se levanta, todas y todos lloramos los muertos de la dignidad.
Las injusticias, todos sus muertos, nos duelen, pero hoy debemos preguntarnos por qué existe un ensañamiento especial e histórico contra las y los docentes. Ferrer i Guardia, los normalistas de Ayotzinapa, las y los maestros de la Segunda República española…vienen a mi cabeza para susurrarme de nuevo: “fue el Estado”.
¿Qué temen los gobiernos que se defienden matándonos? ¿Qué poder encierran quienes creen en las posibilidades de mejora de la humanidad entera por medio de la educación?
Nosotras, las y los docentes, somos un potencial revolucionario. Por eso nos quieren domesticar, por eso nos doman a base de pruebas, nos anestesian con sus burocracias, nos distraen de nuestra única misión sustituyendo ideas por estándares de aprendizaje, normativizando nuestra conducta hasta hacernos olvidar la razón por la que quisimos trabajar en la educación. Desde los despachos de las Administraciones Públicas no se huele la tiza ni el barro de los patios. No conocen la risa de los niños, ni la frustración que sus recortes y dogmas provocan.
En la vieja Europa el virus del miedo y la conformidad está arrancando de raíz el potencial transformador de los centros educativos estatales para, poco a poco, transformarlos en aquello para lo que fueron concebidos: fábricas de ciudadanos ejemplares que votan, consumen y cuando pueden, agradecidos, trabajan con gusto para poder ser el engranaje en la máquina de hacer dinero de otros. Algunas personas, las más conscientes, nadan contra corriente. La resistencia sustituye a la revolución y aguantamos a la espera de que nuestras y nuestros compañeros despierten del letargo.
Nuestra esperanza está en otras latitudes.
Hoy nuestro corazón está de luto por el asesinato de cinco maestros y un periodista en Oaxaca, México, por parte de las fuerzas gubernamentales. Nos solidarizamos con quienes están defendiendo el derecho a la educación de todas las personas, para evitar los planes de privatización y recortes que el gobierno trata de imponer.  Hay cientos de personas heridas por los enfrentamientos con la policía. Decenas de detenidas y se prevé que la lista aumente, ya que el movimiento de base generado está despertando la solidaridad de los y las mexicanas y del resto del mundo.  Oaxaca se organiza, debemos estar atentos y dar soporte a su lucha, que es la nuestra. Los medios de comunicación, fieles servidores de sus amos, van a continuar mintiendo como si fuéramos aquello en que nos quieren convertir. Mienten cuando dicen que los maestros/as se organizan porque se niegan a someterse a una prueba que mida sus capacidades. Si así fuera, su lucha sería igual de legítima. El gobierno mexicano, como en España y en otros tantos lugares, recurre a los estereotipos sobre el profesorado para desprestigiar su protesta. Para colocar a la opinión pública en contra de quienes saben que el futuro de la sociedad corre grave peligro en manos de burócratas, financieros y defensores de la fe y el orden.
Nosotras y nosotros decimos #SomosOaxaca. Seguimos exigiendo justicia para los normalistas asesinados y para todas las personas, en cualquier lugar del mundo, represaliadas por la defensa de un sueño: el de una sociedad emancipada, también en las escuelas, también desde las escuelas.


viernes, 17 de junio de 2016

Porque mi voz es humana, elijo.


Soy humana, no máquina. 
Soy tan humana como para errar. Tanto como para insistir una y otra vez en los mismos huecos, las mismas grietas. 
¿Errores?
Como humana que soy, renuncio al error de la perfección. 
Que no te engañen, no es científico, no es lo racional, solo en el caos no hay error. 
No es lógico jugártelo todo a una carta, la vida es otra cosa. Tanteo, fallo, error, gozo, éxtasis, decepción y vuelta a empezar.
Soy tan humana que tengo capacidad de decisión y ejerzo.
No me dejo someter y grito ¡Basta!
Tú no quieres ser el engranaje en la máquina de otros y sin embargo lo haces, incluso sin saber que lo eliges. 
Hartazgo, empacho, vómito. 
Yo no quiero más, ya he tenido suficiente. No me dejaré arrastrar por una ilusión de felicidad que es la ambición de otros. Una ambición disfrazada de inocente voz infantil que solo trae dolor y humillación.
¿Dónde están los sueños que ya no tienes porque los que tuviste tiempo atrás te han colonizado, se han apoderado de tu vida?

Las lágrimas de los compañeros que se han quedado por el camino acabarán ahogándonos por haber seguido adelante creyendo en las propias capacidades para sobrevivir, para llegar a una meta que no existía. Tú te crees mejor, por eso no miras para atrás. Crees tener un espacio reservado por la meritocracia y acabarás en foso de la mediocridad. 

Y una vez más entonamos el Sálvese quien pueda. 
Esta vez no hay excusa, ¿verdad?, "este año es tu año".
Te preguntas porqué me indigno tanto cuando el enemigo, por fin, ha cumplido. Hay un hueco para ti, sino lo ocupas es porque no te has esforzado, será para otro.
En otra ocasión será, sigue jugando.
Sálvese quien pueda, la máquina está engrasada para que no chirríe cuando te duelan los huesos, cuando se te hiele el alma por tu fracaso o el de otros que se quedan atrás, quizá seas tú. Es cuestión de suerte, sigue jugando.

Pero yo no soy una máquina. 
Elijo y digo ¡no! 
No por eso me estoy rindiendo. Solo quiero dejar de hacer de sus medios mis fines. 
Y vivir. 
Y aprender a hacerlo mejor.



miércoles, 1 de junio de 2016

A Claudio, I

Hay voces que me saben a gazpacho en un mediodía de resaca y sol. Canciones que te huelen y te flashean recuerdos que ya ni sabías que guardabas. Son instantáneas de algo que te hizo feliz aun sin tú saberlo.
No es nostalgia, es consciencia de lo vivido y placer de reconocerme cuánto he hecho yo para ser yo. Y, por qué no, reconocérselo también a quien sin querer, sonríe, y te graba ese instante en el disco duro para que, veinte años después lo saques y te acuerdes de que sí, alguna vez te hizo feliz.
Luego vienen los males, las otras canciones y los sabores amargos de esas otras resacas, las que duelen. Pero también somos nosotros y no cabe renegar.
Suenan Los Piratas en la radio y anoche lo pasamos bien. Te quiero y mi vida entera se presenta ante mí, como esa carretera que recorremos una y mil veces para unirnos y separarnos.
Risas, primavera, promesas de amor solo en parte incumplidas.
Gracias por intentarlo.
Gracias por irte cuando ya no era posible.
Y ahora no sé porqué me he acordado de ti. Ah, sí, la radio.
Será la primavera. Será que a mí nunca me salió tan bien el gazpacho.

sábado, 2 de abril de 2016

Cada vez que se enamoraba excedía los límites de la humildad. 
Un día se agotó, decidió darse el gusto de estar a solas con su saber y reconocerse en su propio valor. Renunció al exceso, a la humildad, eligió la soledad, las amigas con las que crecer y los amigos con los que seguir creciendo, a su manera, sin espejos, haciéndose cada vez más sabia.
Hizo entonces que todos le recordaran que, si volvía a hablar de amor, lo conjugaría en la dirección adecuada y sin olvidarse de la tercera persona.

lunes, 28 de marzo de 2016

Vienes al mundo en día de fiesta.

Vienes al mundo en día de fiesta. 

Vienes a traernos la alegría de vivir, la misma que te enseñarán tu madre y tu padre. Estás aquí para saciarte de lo mejor y aprender de lo peor. Para que duela lo justo, para que se vaya cuanto antes. 
Has elegido un tiempo difícil para venir. Quizá sea porque tú y las tuyas, en el futuro, sepáis cómo salir del túnel donde os hemos metido y hacer de todo esto un lugar habitable, sano, mejor. 
Ahora que necesitamos la esperanza, vienes tú a levantarnos el vuelo. 
Eres la primavera, la vida que estalla y se renueva cada año, con cada ciclo, con cada una de nosotras.
Con tus ojos aprenderemos a mirar la luz como solo saben verla los impresionistas. 
Confío en que me enseñes tus heridas. Ilusa, yo buscaré las palabras para sanarte como si se pudiera evitar que la vida, a veces, escueza. 
Aprenderás a hablar, y cuando se nos olvide, vendrás a recordarnos que hay que dar la voz a quienes se la quieren quitar. Que hay que devolver la dignidad a los humillados con el ejemplo. Tienes una buena maestra en tu madre, empápate de ella.
Andarás y correrás para llegar donde sólo tú te propongas. No tengas prisa, deja que los demás te hagan la huella necesaria para ser tú misma. 
Recuerda no dejar por el camino a nadie más que a quien pretenda hacer de ti su sombra. 
Y cuando me necesites, búscame.

Bienvenida al mundo, querida niña, te estábamos esperando para que nos enseñes a vivir.


lunes, 21 de marzo de 2016

La foto



Esta fotografía se me clavó en la retina siendo yo pequeña y creo que eso me ayudó a ser quien soy. Vi en ella a mi abuela, que en ese momento sería más joven, pero yo entonces no sabía que las abuelas también fueron jóvenes. Vi a mi tía Alejandra, que con solo cinco años tuvo que salir huyendo del pueblo para refugiarse en Madrid, la tumba del fascismo, la tumba de todos los muertos que les quedaban por asesinar. Vi el dolor incomprensible pensando que de mayor comprendería. 
Y sigo sin comprender lo que no se puede explicar. 

Y sin embargo, tenemos que hacerlo, tratar de explicar para no permanecer inmóviles esperando a que las imágenes desaparezcan de nuestra vista. Pensábamos que nuestros ojos no iban a ver esto dentro de nuestro espejismo de civilización y agua caliente. Pero, ¿está justificada nuestra sorpresa? No lo dudo, lo niego ¿Acaso no sabíamos del sufrimiento de tantas personas? No nos ha dolido hasta que han venido a nuestra puerta y se la hemos cerrado. Vienen los supervivientes, los más valientes, los mas afortunados, la esperanza de la humanidad. Y nosotros nos suicidamos con ella.


La tortura, la maldad, tiene un problema con los umbrales. Ceden, ceden y vuelven a ceder a medida que nuestra aparente pasividad se lo permite. De modo que ni nuestra solidaridad ni nuestra indignación, imprescindibles ambas, pueden ser nunca suficientes para vencerla. La inacción política de los pueblos de Europa no es la muerte de la Unión Europea, los mercados siempre saben como reconstruirse, sino el suicidio de la Dignidad de la que nos creímos protectores. 


Las muertas somos nosotras. Nos hemos dejado matar, somos zombies, y ahora vienen personas de verdad a darnos noticia de ello. No son un problema, son nuestra salvación. Si somos capaces de resucitar y defender lo que de humano nos queda en ellas, podremos salvarnos. Sin una solución política que provenga de los pueblos de Europa, que exija la inmediata disolución de los aparatos de poder criminales, no hay nada que hacer. Solo el pueblo salva al pueblo. Un pueblo consciente y organizado, un pueblo vivo.